Historia/Personajes/Reportajes

Últimas palabras de personajes célebres

   ¿Qué es lo que pensaban grandes personajes de la historia cuando estaban muriendo? Locos y genios, he aquí una recopilación.   Supongo que cuando uno muere es recordado por todo aquello que ha hecho en vida. No obstante, es muy probable que también sea recordado por aquello que dijo en vida. Y si esto no es suficiente, muchos personajes célebres de la historia han tenido una última oportunidad para decir algo sabiendo que ya no iban a poder decir nada más. Esto que suena tan enrevesado es lo que conocemos como “las últimas palabras”. Éstas pueden ser aprovechadas por muchos para decir una última ocurrencia, o por el contrario, tratar de decir algo sabio y profundo.

     La historia nos deja ejemplos pintorescos y de lo más curioso. Desidia, humor, orgullo, arrepentimiento… todo vale a la hora de elegir la frase porque la que quizá uno sea recordado. Ignoro si estos personajes eran conscientes plenamente de lo que estaban diciendo, o por lo menos, si eran conscientes de que serían recordados en parte por ello. En cualquier caso, estos son sólo algunos ejemplos de lo que puede estar pensando un humano en su última hora.

     La lista es larga y puedo decir que rigurosa. Es verdad que en internet hay varias listas. Yo he decidido hacer una compilación y añadir algunas frases. No obstante al ver que en muchas webs se recogían diferentes frases antes de morir para la misma persona he tenido que ir comprobando prácticamente de una en una. Por ejemplo, unos dicen que las últimas palabras de Einstein (1859 – 1975) fueron en alemán y que la enfermera no entendió nada, otros dicen que fueron “Aquí ha terminado mi misión”. Según diferentes escritos con las últimas palabras de Buda podríamos escribir un libro entero, y si estuvo más de un día hablando antes de morir no creo que cuente todo como últimas palabras o última hora. Finalmente otras webs recogen lo último que pudo haber dicho alguien, aunque sea horas antes de morir… así pues tampoco nos vale. He intentado ser riguroso y serio, no obstante, cualquier crítica o corrección será bien recibida.

     Así pues, estas son algunas de las frases que dijeron personajes célebres antes de morir:

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Churchill.

     El escritor Henry James (1843-1916), en sus últimas palabras caracterizó a la muerte exclamando: “¡Al fin, esa cosa distinguida!”. Así pues, este saludo supone una gran deducción en sí: es algo claramente distinto a lo demás. No así debió verloWinston Churchill (1874-1965), pues en su lecho de muerte afirmó: “Todo es tan aburrido…”. Sin embargo Thomas Alva Edison (1847-1931) encontraba este fenómeno poco aburrido, pues sus ultimas palabras fueron: “Es muy bonito todo allá”. Bonito pero irreconocible, pues el compositor Leonard Bernstein (1918 – 1990), mostraba su curiosidad respecto a la situación diciendo: “¿Qué es esto?”.

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Balzac.

     Otros siendo más conscientes de lo que dejan atrás, se lamentaban de la prontitud de la muerte y no opinaron de la misma forma que los anteriores. Es el caso del poeta, escritor y filólogo Menéndez Pelayo (1856-1912): “Lástima tener que morir ahora, faltándome tanto por trabajar…” decía el español; o el caso de Isabel I de Inglaterra (1533-1603) que triste se lamentaba diciendo: “Todas mis pertenencias por un momento más de tiempo”. Balzac (1789-1859) se quejaba también de la siguiente forma: “¡Ocho horas de fiebre! ¡Me hubiese dado tiempo a escribir un libro!”. Marco Polo (1254-1324) afirmó antes de expirar: “Sólo he contado la mitad de lo que vi”. Y fue mucho lo que vio así que contó bien poco. El químico y físico francés Joseph Louis Gay-Lussac (1778-1850) se lamentaba también de la siguiente manera: “Es una pena irse, esto comienza a ponerse divertido”.Suponemos pues, que era consciente de los avances tecnológicos que estaban por llegar. Otro que se lamentaba de morir pronto fue el presidente español Juan Prim(1814-1870), que al enterarse en su lecho de muerte de que venía el Rey Amadeo de Saboya dijo: “El Rey viene y yo me muero”.

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John Lennon.

     Los hay que sin entrar en lo profundo del asunto se conformaron con resaltar evidencias. El cineasta Luis Buñuel (1900-1983) exclamó: “¡Me muero!”. Y se murió. El político y estadista militar venezolano Antonio José Sucre (1795-1830) pronunció las siguientes palabras tras recibir un disparo: “¡Carajo, un balazo!”. Al parecer se trataba de un hombre distinguido y que jamás había maldecido. El beattleJohn Lennon (1940-1980), también tras recibir un disparo, exclamó: “¡Me dieron!”.El francés Nostradamus (1503-1566) profetizó por última vez diciendo: “Mañana ya no estaré aquí”. Acertó.

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Mata Hari.

     El arrojo que muestran algunas personas a la hora de morir también ha hecho historia. Algunos dedican sus últimas palabras a su propio verdugo directamente. Así Edward Teach (¿1680?-1718), más conocido como Barbanegra, felicitó a su contrincante Robert Maynard tras herirle en el cuello mientras luchaban en su barco:“¡Bien, muchacho!”- exclamó. Acto seguido perdió la cabeza. Se dice que antes de morir había sufrido veinticinco heridas, cinco de ellas eran disparos. Ernesto “Che” Guevara (1928-1967) alentó a su ejecutor con las siguientes palabras al sacarle de su celda: “Se que ha venido a matarme. Póngase sereno y apunte bien. ¡Va a matar a un hombre!”. Benito Mussolini (1883-1945) se limitó a dar instrucciones prácticas: “¡Dispáreme en el pecho!”. Otra que también aconsejaba a su verdugo centrándose en la parte funcional de las ejecuciones era la reina consorte de Inglaterra Ana Bolena (¿1501?-1533). Tras ser acusada de traición, adulterio e incesto fue condenada a que la decapitasen. Antes de apoyar el cuello le dijo a su verdugo: “No le dará ningún trabajo, tengo el cuello muy fino”. Destaca tambiénMaría Antonieta (1755-1793), que se limitó a decir “Discúlpeme señor” tras tropezar con el pie de su verdugo. Quizá mostró más educación que osadía pero nunca hay que perder las formas. La noble francesa Madame du Barry (1743-1793) le dijo a su verdugo antes de morir ejecutada: “Por favor verdugo, un momento”. Y se preparó para morir. Franz Kafka (1883-1924), aquejado por la enfermedad le dijo a su médico antes de morir: ¡Máteme, sino es usted un asesino! Así pues, él le veía como su verdugo. Curioso es el caso de la espía y bailarina Margaretha Geertruida Zelle (1876-1917), recordada como Mata Hari. Ella se limitó a decir “Merci, Monsieur” cuando el jefe de pelotón le trajo un espejito para que se acicalase. Se dice que en el juicio dijo las siguientes palabras: “¿Una ramera? ¡Sí! ¿Pero una traidora? ¡Jamás!”. Su cuerpo fue donado a la medicina y su cabeza conservada en el museo de criminales de Francia hasta que en 1958 fue robada. El independentista catalán Lluís Companys (1882-1940) pidió que no se le pusiera la venda antes de ser fusilado y exclamó: “¡Matáis a un hombre honrado! ¡Por Cataluña! ¡Volveremos a sufrir, volveremos a vencer!”. El teólogo y científico español Miguel Servet (1511-1553) fue condenado a morir en la hoguera por participar en la reforma protestante, dedicó sus últimas palabras a sus jueces: “Arderé, pero eso no es sino un hecho, seguiremos discutiendo en la eternidad”. Y así estarán ahora, discutiendo.

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‘La muerte de César’, de Jean-Léon Gérôme.

     Otros, ante tal momento, expresan incertidumbre y desconcierto. Es el caso de William Henry Bonney, recordado como Billy “El niño” (1859-1881). Todas las versiones coinciden en que fue asesinado en la oscuridad y que en castellano preguntó: “¿Quién es? ¿Quién es?”. Acto seguido recibió un disparo de pistola y Billy nunca supo que quien estaba ahí era Garret, su ex compañero y ex amigo. Otro que sufrió una traición fue Julio Cesar (100a.C.-44a.C.), que al ver que su hijo formaba parte del complot que acabaría con su vida, le miró y dijo: “¿Tú también, hijo mío?”. Acto seguido se llevó a cabo el magnicidio por parte de los senadores. Julio César murió a la segunda puñalada, pero se cuenta que recibió veintitrés. La escritora y poeta americana Gertrude Stein (1874-1946) mostró su desconcierto también con unas enigmáticas preguntas: “¿Cuál es la respuesta?… Y en ese caso ¿Cuál es la pregunta?”. James Joyce (1882-1941) también se hizo una pregunta al morir. El escritor irlandés se planteó la siguiente cuestión en su lecho de muerte:“¿En serio nadie la entiende?”. Se cree que hablaba de su última novela Finnegan’s Wake, la cual había sido calificada por la crítica como incomprensible. Se dice que los mejores autores no hacen caso de las críticas, por algo será.

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‘La muerte de Sócrates’, de Jacques-Louis David.

    De vez en cuando también podemos ver personajes que no le dan importancia a las cosas, y sus últimas palabras fueron de lo más normal y cotidiano. Pese a que la muerte estaba acechando, algunos no perdieron su sencillez y simpleza. Franklin D. Roosevelt (1882-1945) se limitó a decir: “Tengo un terrible dolor de cabeza”.Francisco Fernando de Austria (1863-1914) tras recibir el disparo que le causaría la muerte dijo “No es nada… no es nada” tratando de calmar a su mujer. No sería nada pero tal acontecimiento desencadenó la Primera Guerra Mundial. Otro que recibió un disparo, o más bien dos, fue John F. Kenndy (1917-1963) que segundos antes de morir reafirmaba lo dicho por el alcalde de Dallas con la siguiente frase:“Eso es obvio”. La frase del alcalde era: “Señor Presidente, no puede decir que Dallas no lo ama”. No obstante, tal simpleza viene originada por el desconocimiento de su muerte, nunca sabremos si hubiese conservado la calma como los anteriores de saber que iban a ser sus últimas palabras. El poeta romántico George Gordon Byron (1788-1824), recordado como Lord Byron, dijo en su lecho de muerte: “Ahora me iré a dormir, buenas noches”. José María Escribá de Balaguer (1902-1975) simplemente dijo: “No me encuentro bien”. El cantaor flamenco Camarón de la Isla(1950-1992) le preguntó a su madre antes de expirar “Omaíta, ¿Qué es lo que tengo?”. El poeta americano Walt Withman (1819-1892) que en sus últimos años mostró mucho interés por saber qué iba a decir antes de morir no encontró nada lo suficientemente interesante que legar a la humanidad. Se limitó a exclamar “¡Mierda!” en su lecho de muerte. Tanta frustración para soltar algo tan mundando…Uno de los casos más famosos es el de Sócrates (470 a.C. – 399 a.C.), que fue condenado por el delito de corromper a la juventud. Poco antes de morir habló con su Xantipa, su insoportable mujer. Esta lloraba desconsolada y Sócrates le preguntó: “¿Mujer, por qué lloras?”. Ella respondió: “Porque tu condena es injusta”; a lo qué el dijo: “¿Llorarías igual si no lo fuese?”. En cualquier caso esas no fueron sus últimas palabras, (pero resulta interesante destacarlas) pues murió rodeado de sus alumnos y aprendices. Cuando la cicuta empezaba a hacer efectos les dijo a sus alumnos: “A mi me han condenado a morir pero todos estamos condenados por la naturaleza”. Cuando ya parecía que había dejado de respirar dijo sus últimas palabras: “Critón. ¿Te acuerdas de Esculapio? Le debemos un gallo, recuerda pagárselo”. Así pues, una frase muy trivial para un gran filósofo. Por eso había que resaltar las anteriores que dijo antes de morir, por mantener el prestigio. Cuentan también que antes de tomar la cicuta quiso bañarse pues no consideraba adecuado que nadie se molestase en limpiar su cuerpo. Otro pensador griego, Arquímedes(287 a.C. – 212 a.C.), estaba pensando en un teorema y tenía unos círculos dibujados en la arena. Al ver que un soldado romano venía a por él le dijo: “¡No molestes a mis círculos!”. Acto seguido fue sentenciado. El comediante americanoChris Farley (1964 – 1997) le dijo a una prostituta que abandonaba la instancia: “Por favor no me dejes, por favor no me dejes”. Acto seguido murió de un colapso. El dramaturgo y periodista irlandés George Bernard Shaw (1856 – 1950) dijo antes de cerrar los ojos por última vez: “Quiero dormir…”. Se habrá hartado de dormir desde entonces. El genial escritor George Wells (1866 – 1946) le dijo a su acompañante antes de morir: “Vete, estoy bien”.

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Leonardo Da Vinci.

    Hay otros que demuestran una gran religiosidad en estos momentos tan sombríos. No necesariamente arrepentimiento, sino devoción y fe. Juan Pablo II (1978-2005), tras años de debilitación paulatina dijo como últimas palabras “Dejadme ir a la casa del Padre”. Robert Nesta Marley Broker (1945-1981), mas conocido como Bob Marley le dijo a su compañera antes de cerrar los ojos: “No llores, a mi me va a ir mejor y prepararé para ti un lugar en el paraíso celestial”. Recordemos que el músico murió por tener un cáncer en el pie y negarse a que se lo amputasen porque dejaría de poder jugar al fútbol. Sus pasiones y fe al parecer se encuentran en su tumba: una guitarra Les Paul, un balón de fútbol, canabis, un anillo del hijo del emperador etíope Selassie I y una Biblia. Aunque también otra versión afirma que lo que dijo antes de morir fue: “El dinero no puede comprar la vida”Lady Di (1961-1997) tras el accidente sólo pudo decir “¡Oh, Dios mío!… ¡Dios mío!” Aunque supongamos que fue más sorpresa que fe. Aunque, por otra parte, los servicios médicos que la atendieron aseguraron que lo que dijo fue “Dejadme sola”. Sí que mostró una gran religiosidad Santa Teresa de Jesús (1515-1582) pues dijo “¡Al fin, muero hija de la Iglesia!”. Carlos I de España (1500-1558) pronunció la siguiente palabra en su lecho de muerte: “¡Jesús!”. Cristóbal Colón (1436 /1456- 1512) se limitó a decir:“En tus manos Señor encomiendo mis espíritu”. En el caso del polifacético artistaLeonardo Da Vinci (1452-1519), se puede observar cierto desencanto con su obra, pero se acordó de Dios de una forma un tanto curiosa: “He ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no ha sido suficientemente bueno”. No hubiese dicho eso si hubiese sabido que cuatro siglos más tarde habría máquinas voladoras basadas en sus grabados. El genial romántico Edgar Allan Poe (1809-1949) dijo en su lecho de muerte: “Que Dios se apiade de mi pobre Alma”. Esperemos que así fuese, aunque sólo sea por la calidad de su obra. Saddam Hussein (1979-2006) antes de ser ahorcado por su propio pueblo dijo: “No tengo miedo, es ahí a donde todos vamos”. Murió con un Corán en las manos. El político y escritor inglésJoseph Addison (1672-1619) dijo a los que le rodeaban antes de morir: “Mirad en qué paz puede morir un cristiano”. Otro caso en el que uno hace referencias a sus creencias en su última hora es el de Ellen G. White (1827-1915), fundadora de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Sus palabras fueron: “Yo se en quién he creído”.Gandhi (1869-1948), tras ser herido de muerte, en un alarde de religiosidad hizo referencia a al dios hindú más popular: “¡Hey, Rama!” fueron sus últimas palabras.Tomás Moro (1478-1535) dijo antes de ser colgado: “Soy un fiel servidor del Rey, pero primero de Dios”. Por poner un ejemplo más de devoción, y esta frase quizá sea una de mis favoritas, podemos acordarnos de la respuesta que dio Charles Chaplin (1889-1977) al oír las palabras de un sacerdote al lado suyo: “Que Dios se apiade de su alma”. A lo que el actor respondió “¿Y por qué no? Al fin y al cabo le pertenece”.

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Claus Von Stauffenberg.

     Una de las muertes “clásicas” es cuando un personaje célebre muere pensando en su país, estado o nación. Podríamos destacar al jurista, político, escritor y líder militar argentino Manuel Belgrano (1770-1820), que exclamó antes de cerrar los ojos: ¡Ay patria mía! O el venezolano Simón Bolivar (1783-1830), que al ver que su sueño de unificación latinoamericana no era posible se limitó a decir “He arado en el mar”. El presidente paraguayo Francisco Solano López (1826-1870) dijo antes de recibir un disparo que acabaría con su vida “¡Muero con mi patria!” pues no se quiso rendir en la batalla de Cerro Corá y creía que con su muerte Brasil y Argentina se repartirían el territorio. Su hijo había muerto en batalla dos meses antes negándose a rendirse con las siguientes palabras: “¡Un oficial paraguayo no se rinde nunca!”. La madre debería estar contentísima con tanto patriotismo en su familia. El reputado soldado ruso Joseph Trumpeldor (1880-1920) murió defendiendo las tierras de Israel. Sus últimas palabras tras resultar herido de muerte fueron: “No importa: ¡Que bueno es morir por la patria!”. El padre de la “Patria Andaluza”, Blas Infante (1885-1936), tras ser herido en los comienzos de la Guerra Civil Española exclamó: ¡Viva Andalucía libre! Ese mismo año el fundador de la Falange José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), exclamó antes de ser fusilado: “¡Arriba España!”. El chilenoJosé Miguel Carrera (1785-1821) dijo antes de ser sentenciado: “¡Muero por la libertad de América!”. El coronel del estado mayor nazi y golpista Claus Von Stauffenberg (1926-1944) trató de derrocar a Hitler con el famoso plan “valkiria”. Al fracasar este fue fusilado y sus últimas palabras fueron: “¡Larga vida a la sagrada Alemania!”. Hitler mandó exhumar sus restos, despojarle de las condecoraciones militares y quemar el cadáver. Fue considerado traidor a la patria durante muchos años, ahora es considerado un héroe nacional.

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Sir William Wallace.

     Y si los hay que mueren por su patria los hay que mueren en contra de otra nación, y sus últimas palabras son muestra del desacuerdo –por no decir odio- hacia sus enemigos. El sacerdote William Tyndale (1494-1536), antes de ser estrangulado y quemado en público por haber hecho traducciones libres de la Biblia, exclamó:“Señor, ábrele los ojos al Rey de Inglaterra”. Otro William murió también plantándole cara al Reino de Inglaterra un par de siglos antes. Sir William Wallace (1270-1305), que mientras estaba siendo torturado, con los miembros estirados en tensión y con el estómago abierto, su verdugo le preguntó que si quería clemencia (o séase, una muerte rápida) a lo que el escocés contestó: “¡Libertad, libertad, libertad!”. Acto seguido fue decapitado. Su cabeza fue ensartada en una lanza y colocada en el puente de Londres, y sus miembros fueron repartidos por todo el reino. Otro proscrito de un gran imperio fue Anibal Barca (247 a.C.-183 a.C.), que tras poner en jaque a Roma durante años dirigió diferentes ejércitos en los años posteriores a su derrota contra Escipión en Zama. Con sesenta y tres años aún era perseguido por los romanos. Cuando fue rodeado por varios soldados enemigos se tomó un veneno –que dicen que llevaba en un anillo- y exclamó: “¡Liberemos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano!”.

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Alejandro Magno.

     Otros directamente no saben que hacer con su imperio, o por lo menos no saben a quién dejárselo. Epaminondas (418 a.C. – 362 a.C.) fue un general griego que se enteró en su lecho de muerte, tras la batalla de Mantinea, que todos sus sucesores habían muerto. “Entonces firmad la paz” fueron sus últimas palabras. Otro líder,Alejandro Magno (356 a.C. – 323 a.C.), murió rodeado de sus generales tras ser envenenado. A la pregunta de quién debería heredar su basto imperio el contestó débilmente: “Al más fuerte…”. Ante una respuesta tan poco concreta (pese a que muchos historiadores coinciden en que se refería a Crátero por dirigir el grueso del ejército y ser considerado un macedonio ideal) su imperio se desgajó al poco tiempo. Napoleón Bonaparte (1769-1821) murió diciendo: “Francia, el ejército,… ¡Josefina!”. Aunque este ya no tenía imperio.

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León Tolstoi.

     Por otra parte hay gente, que antes de partir prefiere decir algo profundo, o por lo menos lo intenta. Gregorio VII (1020-1085) dijo antes de morir: “Ame la justicia y odie la iniquidad, por eso muero en el destierro”. El guitarrista de los Beattles,George Harrison (1943-2001), antes de cerrar los ojos dio un mensaje muy acorde con su música: “Amaos los unos a los otros”. También mostraba preocupación por los demás el escritor ruso León Tolstoi (1829-1910), que se dirigió a sus seres queridos con las siguientes palabras: “Sobre la tierra hay millones de hombres que sufren, ¿Por qué os preocupáis de uno sólo?”. Otro que decidió ser un tanto borde con sus acompañantes fue Karl Marx (1818-1883), que en su lecho de muerte, encontrándose acompañado por Friederich Engels, respondió a la pregunta de que si le quedaba algo más que añadir a la posteridad de la siguiente forma: “¡Fuera, desaparece de mi vista! ¡Las últimas palabras son cosa de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!”. El escritor español Ramiro de Maeztu (1886-1936) les dijo a sus verdugos antes de ser fusilado: “¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo sí se por qué muero: porque vuestros hijos sean mejores que vosotros!”.Otro que también fue fusilado el mismo día que el anterior, el fundador del nacional-sindicalismo Ramiro Ledesma Ramos (1905 – 1936), le dijo a sus verdugos: “¡No me mataréis como a un cordero, sólo moriré donde yo quiero!”. Y para valor el del joven matemático francés Évariste Galois (1811 – 1832), que murió con tan solo veinte años. Antes de morir le dijo a su hermano: “No llores, necesito todo mi coraje para morir a los veinte años”. Destaca también lo dicho por el escritor soviéticoMáximo Gorki (1868 – 1936) afirmó antes de morir: ¡Habrá guerras… hay que prepararse!”. Tres meses más tarde de su muerte comenzó la Segunda GuerraMundial.

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Humphrey Bogart.

     Habría que destacar también todos aquellos que deciden tomarse su muerte como algo gracioso, y haciendo gala de un buen sentido del humor sueltan algún comentario ingenioso. Es el caso, por ejemplo, del austriaco Maximiliano I de Méjico (1832 – 1867). Al perder la guerra contra los republicanos, él y sus dos generales Miramón y Mejía fueron condenados a morir fusilados. Al estar los tres frente al pelotón de fusilamiento uno de sus acompañantes preguntó: “¿Es esa la señal de la ejecución?”. A lo que Maximiliano respondió: “No lo sé, es la primera vez que me fusilan”. El emperador romano Nerón (37-68) exclamó antes de morir: “¡Que artista muere conmigo!”. Otro que también estaba encantado de conocerse era el sociólogo Augusto Comte (1798 – 1857) dijo antes de morir: “¡Que pérdida irreparable!”. El autor de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carol (1832-1898), le dijo a su enfermera antes de cerrar los ojos: “Quíteme esta almohada, ya no la necesito”. El actor Humphrey Bogart (1899-1957), gran aficionado a la bebida se acordó de la misma en sus últimas palabras: “Nunca debí cambiarme del scotch a los martinis”. Otro borracho habitual, el poeta, escritor y dramaturgo galés Dylan Thomas (1914-1953), dijo antes de morir: “Me he bebido dieciocho vasos bien llenos de whisky, eso es un record. Eso es todo lo que he conseguido en 39 años”.Afortunadamente no recordado sólo por eso. Béla Lugosi (1882-1956), más conocido como el actor que hizo del Conde Drácula, dijo en su lecho de muerte:“¡Yo soy el Conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal!”. Se equivocaba. El genial Beethoven (1770 – 1827) dijo a los que le rodeaban: “¡Que los amigos aplaudan, la comedia ha terminado!”. El revolucionario mejicano José Doroteo Arango Arámbula (1878-1923), más conocido como Pancho Villa, tras sufrir un atentado le dijo a un periodista: “¡Escriba usted que he dicho algo!”. Se ve que el periodista no le hizo mucho caso. El cómico, actor y cineasta estadounidenseBúster Keaton (1895-1966) se encontraba en cama rodeado de su gente más cercana. Al no decir nada durante un rato uno sugirió en voz alta que le tocasen los pies, pues al fin y al cabo los muertos tienen los pues fríos. Sus últimas palabras fueron: “Juana de Arco no”. Confirmando su genial sentido del humor, pues Juana de Arco murió condenada en la hoguera. El primer presidente de Estados UnidosGeorge Washington (1732 – 1799), dijo como últimas palabras: “¡Déjenme morir tranquilo, no voy a vivir mucho tiempo!”. Tenía razón, no vivió más. La inglesa y primera parlamentaria Lady Astor (1879-1964) se despertó en su lecho de muerte y vio a su familia reunida, a lo que ella preguntó: “¿Me estoy muriendo o es que es mi cumpleaños?”. Destaca también lo que dijo el general norteño John B. sedgwick(1837 – 1864), que seguro de sí mismo, paseaba por la línea de frente sin parapetarse pues el enemigo estaba muy lejos. Al sugerirle un soldado que se cubriese él dijo sus últimas palabras: “No se preocupen, a esta distancia no acertarían ni a un elefante”. Al parecer le mató un francotirador situado a más de 900 metros.

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Bécquer.

    No hay que olvidarse de aquellos que en su última hora dicen algo, pero nadie sabe de qué están hablando. Es el caso del Conde-Duque de Olivares (1587 – 1645), que tras una semana de delirios pronunció las siguientes palabras: “Cuando era rector de Salamanca, cuando era rector…”. Supongo que el que le estaba escuchando se quedó con la intriga. Sigmund Freud (1856 – 1939) por otra parte exclamó lo siguiente: “¡Esto es absurdo, esto es absurdo!”. No sabemos el qué. El polifacético artista y autor Johann Wolfgang Von Goethe (1749 – 1832), antes de dejar este mundo dijo: “¡Más luz, más luz!”. El libertador chileno Bernardo O’Higgins (1788 – 1822), dijo en su lecho de muerte: “Magallanes, Magallanes…”.El compositor austriaco Gustav Mahler (1860 – 1911), dijo antes de morir: “Mozart”. El científico Alexander Gram. Bell (1847 – 1922) dijo antes de expirar: “No”.Aunque se piensa que su mujer le rogó justo antes que no la dejase sola. Un caso parecido es el de Chopin (1810 – 1849) que tras estar padeciendo una larga enfermedad dijo como últimas palabras “No más” cuando le preguntaron si le seguía doliendo. El romántico Gustavo Adolfo Bécquer (1836 – 1870) dijo antes de morir:“¡Todo mortal!”. Todos somos mortales efectivamente, como el filósofo austriacoLudwig Wittgenstein (1889 – 1851), que dijo como últimas palabras: “Dígales que mi vida ha sido maravillosa”. Esperemos que de verdad lo pensases y que así fuese. Por último destacar al humanista francés Fraçois Rabelais (1494 – 1553), que antes de morir dijo: “¡Que baje el telón, la farsa ha terminado!”.

     Y tras bajar el telón de las frases de personajes célebres me voy a permitir el lujo de añadir dos frases de personalidades poco o nada conocidas. Cada una, en mi opinión refleja dos posiciones ante la vida y ante la muerte. La primera la he sacado de un libro que trata con rigor histórico la época de esplendor de piratería. En un capítulo recoge algunos textos de un reverendo llamado Cotton Mather que fue un ministro puritano que dirigió la Segunda Iglesia del norte en Boston entre 1685 y 1722. Él recogió en unos textos algunas de las últimas palabras de los piratas condenados a horca. Muchos se arrepentían pero uno llamado John Brown, un pirata jamaicano de veinticinco años, mostró desaire en sus últimos momentos. Ante la pregunta de “¿De que pecados te arrepientes en especial?” contestó: “¿En especial? Vaya, es que yo soy culpable de haber cometido todos los delitos del mundo, no sabría por donde empezar. Quizá con el juego. No, con las putas, que me llevaron al juego, y el juego a la bebida, y la bebida al perjurio y a la mentira y a maldecir todo lo malo, y de ahí a robar, y así hasta aquí”. Así pues era consciente de la vida que llevó, pero no parecía tomárselo muy en serio.

    Por otra parte el condenado a muerte en Texas Carlos de la Luna dijo lo siguiente antes de ser ejecutado en 1989: “Quiero decir que no tengo rencores, no odio a nadie. Amo a mi familia. Que todos los chicos del corredor de la muerte mantengan la fe y no se rindan”. En el 2006 se demostró que era inocente del delito de asesinato por el que fue ajusticiado.

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Carlos de la Luna.

 

Miguel de Martín Pazat de Lys.

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2 pensamientos en “Últimas palabras de personajes célebres

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