Literatura

Fantasía y ciencia ficción, los géneros malditos

¿Merece la pena luchar una batalla perdida? La fantasía y la ciencia ficción nos ha enseñado que sí, que hay que enfrentarse al constante desprecio de ser considerados tan sólo un entretenimiento para niños o adolescentes. Pese a los incuestionables clásicos, un oscuro velo impide ver a algunos que aseguran que es una etapa que se deja atrás en pos de una cultura superior que sí merece la pena.

Las críticas a la fantasía y la ciencia ficción son siempre las mismas. A veces con argumentos sensatos y con puntos de vista interesantes o acertados, algo que se agradece. Otras veces, sin embargo, no. En ocasiones las apreciaciones negativas se basan en estigmas simples e injustos que se repiten y, de tanto oírlos una y otra vez, acaban adheridos a éstos géneros: que si hay demasiados elementos fantasiosos, creaciones imposibles y sueños irrealizables; que si sobra imaginación; que si sólo los adolescentes abrazan emocionados estas historias y que sólo ellos sonríen para sus adentros cuando comienzan a saborear la primera página; que si sirven como evasión fácil, barata, y que por eso no puede ni debe abordar los problemas reales del presente; que si es para frikis y marginados que no saben disfrutar de los entretenimientos más populares… Como veremos, los grandes autores nunca se han cansado de proclamar lo injusto de esos tópicos y, pese al paso del tiempo y las grandes obras, la batalla sigue.

El exceso de imaginación y la mentalidad adolescente.

Frank Herbet, autor de Dune

Frank Herbet, autor de Dune

“La verdad sufre cuando es sometida a un análisis excesivo” afirmó Frank Herbet en la primera parte Dune, su obra más conocida. El autor de ciencia ficción sabía bien de lo que hablaba. El género en el que desarrolló su carrera ha sido atacado, entre otras cosas, por ser imposible. Como si un exceso de imaginación fuese el principal defecto de sus libros. Éste es sin duda uno de los problemas: parece que una ley no escrita dicta que si hay demasiados elementos sobrenaturales o extraordinarios es para niños. Olvidan que en Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, hay mitos y fantasmas, como en muchas de las obras de Shakespeare. Olvidan los seres mitológicos de La Iliada y La Odisea. Olvidan El Hombre invisible o la Máquina del tiempo de H.G Wells. Olvidan, a fin de cuentas, que la profundidad del argumento y los personajes depende de cómo se cuentan las cosas, no del contexto irreal en el que transcurren.

C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia

C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia

Por otra parte la idea de que la fantasía y la ciencia ficción han de estar categorizadas inequívocamente en la sección juvenil, cuando no para niños, existe desde hace muchos años, tantos que se ha enquistado así en el panorama literario. J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis ya dedicaron ensayos a este particular asunto. El segundo, en 1952, ya distinguía sobre cómo hay que escribir según qué público en su ensayo Tres maneras de escribir para niños. El autor de las Crónicas de Narnia afirmaba: “Los críticos que tratan lo adulto como un término de aprobación, en lugar de como un término meramente descriptivo, no pueden ser adultos en sí mismos. Estar preocupado por ser adulto, admirar la madurez porque es madurez, sonrojarse ante la sospecha de ser infantil; esas cosas son las señas de la niñez y de la adolescencia. Y en la niñez y en la adolescencia son, en moderación, síntomas saludables. Las cosas jóvenes deberían querer crecer. Pero para continuar hacia la mitad de la vida o incluso a la edad adulta temprana esta preocupación sobre ser adulto es una marca de un desarrollo realmente detenido. Cuando tenía diez años, leía cuentos de hadas en secreto y me habría avergonzado si me hubieran encontrado haciendo eso. Ahora que tengo cincuenta las leo abiertamente”.  El profesor británico, a juzgar por sus palabras, no veía ningún problema en el género en sí, sino el enfoque que se da al mismo. El asunto está en la manera de abordarlo.

J.R.R. Tolkien, autor de El Señor de los Anillos y El Hobbit

J.R.R. Tolkien, autor de El Señor de los Anillos y El Hobbit

A su vez, Tolkien, el único autor que tiene dos libros en la lista de los diez libros más vendidos del mundo –El Hobbit y El Señor de los Anillos-, era un orgulloso escritor de fantasía. A él sí se le concede, como excepción, formar parte de la buena literatura. Pero él ya sabía qué mal afligía a su género predilecto. Su ensayo Sobre los cuentos de Hadas, publicado en 1947, es un certero análisis de la situación: “La magia de la Fantasía no es en sí misma un fin, su poder reside en sus manifestaciones; y entre ellas se cuenta el cumplimiento de algunos deseos humanos primordiales, uno de los cuales es el de recorrer las honduras del tiempo y el del espacio; otro es el de mantener la comunión con los seres vivientes. Puede así darse un cuento que aborde la satisfacción de esos deseos, con o sin intervención de la máquina o la magia, y en la proporción en que lo logre alcanzará la calidad y el regusto del cuento de hadas”. Para el británico el problema no era en ningún caso la imaginación, era cómo plasmar las inquietudes con las que nos sentimos identificados. Con más épica sí, y con más fenómenos imposibles, pero con el mismo cariño y dedicación que un relato ambientado en este nuestro mundo real. La clave es, quizá, lo que afirmó George R.R. Martin, autor de la exitosa saga Canción de Hielo y Fuego –conocida como Juego de Tronos gracias a la serie-, en una entrevista a La Vanguardia en el 2012: La fantasía es una promesa de exotismo, de escape a otra realidad. Necesitamos explorar otros mundos con la imaginación, conocer gentes distantes, sentir pasiones. La gente necesita una visión romántica de la vida”.

George R.R. Martin, autor de Canción de Fuego y Hielo

George R.R. Martin, autor de Canción de Fuego y Hielo

La evasión como herramienta para los débiles.

Margaret Weis, coatura de DragonLance

Margaret Weis, coatura de DragonLance

Otra de las grandes acusaciones con las que tiene que lidiar la fantasía y la ciencia ficción es que sirve para evadirse y para nada más. Es un parche fácil para huir del día a día, de la rutina o de cualquier mal que nos perturbe. Es, en resumen, un fast food escrito. Como si el hecho de no ser real rebajase automáticamente la calidad. Olvidan las influencias históricas de las grandes obras, y, sobre todo, la verdadera función del entretenimiento. Tolkien, en el mismo ensayo que ya hemos mencionado, afirmaba: “Y si por un momento dejamos de lado la fantasía, no veo por qué el autor o lector de cuentos de hadas tengan siquiera que sentirse avergonzados de lo arcaico como elemento de evasión. Avergonzados de preferir no ya dragones, sino caballos, castillos, veleros, arcos y flechas; no ya elfos, sino caballeros, reyes y clérigos. Porque, después de todo, el ser racional puede llegar mediante la reflexión […] a cosas tan progresistas como las fábricas o las ametralladoras y bombas, que parecen ser su más naturales, inevitables y hasta me atrevería a decir inexorables logros.” Los grandes autores ven normal el hecho de querer distraerse pese a que en sus obras existen elementos auténticos y emocionantes, e incluso los mismos problemas de fondo: una guerra, un desamor, una venganza… Pese a que la imaginación es abierta e infinita, no se puede negar la influencia de las vivencias personales que cada escritor pone en sus libros. Margaret Weis, coatura de las Crónicas de DragonLance, afirmaba en el prólogo de Ala de Dragón: “La verdad no es algo que sales y te encuentras. Es algo vasto, profundo e interminable”. ¿Es necesario explicar que hay infinitas maneras de verse marcado por el mundo que nos rodea? En ocasiones parece que sí, que los expertos y críticos con ínfulas obvian la humanidad de los que cuentan historias. Si recordar esto es tan obvio como innecesario, entonces, quizás, es que parte del problema esté en vilipendiar un total de obras porque tal o cual crítico haría las cosas de otra forma en un caso concreto. Es decir: no me ha gustado este libro = este género no merece la pena. Error. Ante esto, Terry Pratchett –famoso por sus novelas de Mundodisco y su sentido del humor-, acuñó una irónica y certera frase al respecto: “El problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro y poner allí sus cosas”.

Terry Pratchet, autor de las novelas de Mundodisco

Terry Pratchet, autor de las novelas de Mundodisco

Aprender de los errores.

Patrick Rothfuss, autor de El nombre del Viento

Patrick Rothfuss, autor de El nombre del Viento

Pese a todo, si queremos mejorar o hacernos respetar no hay que olvidar tampoco que hay críticas merecidas. Los grandes autores de fantasía y ciencia ficción también lo saben. Tienen claro que no es un problema de género sino de calidad, de buena literatura o de mala literatura. Patrick Rothfuss, autor del último hito en la fantasía El nombre del Viento,  se mostró implacable en el 2014 en una ponencia en la Universidad de Wisconsin. “El problema de mucha gente que solo lee ficción literaria es que dan por hecho que la fantasía consiste únicamente en libros sobre orcos, trasgos, dragones, magos y gilipolleces. Y reconozcámoslo, mucha fantasía es así. […] Sin embargo, no se nos debería juzgar por nuestros mínimos denominadores comunes. […] ¿Hay mucha fantasía por ahí que es mierda pura y dura? Sin duda. Lectura palomitera, como mucho. […] Juzgamos las cosas por lo mejor que ofrecen de sí mismas, y ahí fuera hay fantasía excelente de verdad. Por ejemplo, El sueño de una noche de verano, o Hamlet, que tiene un fantasma, o Macbeth, con fantasma y brujas; a mí me gustan también la Odisea, casi todo el Pentateuco del Viejo Testamento y Gargantúa y Pantagruel. Lo cierto es que la fantasía existía antes que la ficción literaria y, si niegas esas raíces, te estás podando tan al cero que sin duda acabarás marchito y muerto”.

Anne Rice, autora de las Crónicas Vampíricas

Anne Rice, autora de las Crónicas Vampíricas

Es justo por tanto admitir que ha habido mucha autocrítica. Y dura, muy dura. Intransigente e inflexible, como sólo puede ser la de un autor decepcionado y enfadado por estar encasillado en un mundo que no ve como suyo. Tanto es así que el gremio de la fantasía y la ciencia ficción no se ha librado de tener guerras internas por este hecho. Anne Rice, autora de las famosas Crónicas Vampíricas, dejó claro en su perfil FaceBook qué pensaba sobre la saga de vampiros adolescentes Crepúsculo: “Lestat y Louie (los dos principales personajes de sus obras) se sienten tristes al ver a esos vampiros que brillan al sol. Ellos nunca atacarían a inmortales que eligieron emplear la eternidad yendo a un instituto un año tras otro en una pequeña ciudad, de la misma manera que tampoco atacarían a minusválidos o retrasados mentales”. Esa crudeza y contundencia le costó la furia de miles de fanáticos y ella, al ser preguntada por el incidente sentenció: “Crepúsculo está basado en una idea absurda: que los vampiros van al instituto. Es un fracaso a la imaginación. Sin embargo, esta idea absurda ha reportado a Stephen Meyer un grandísimo éxito. Hoy en día está de moda domesticar la figura del vampiro. Yo encuentro ridículo el concepto de que un inmortal prefiera graduarse una y otra vez en lugar de ir a China, Katmandú, París o Venecia. Pero funciona, tiene éxito. A los niños les encanta”.

Ursula K Le Guin, autora de La Leyenda de Terramar

Ursula K Le Guin, autora de La Leyenda de Terramar

Ante esto podemos afirmar que deducir que la literatura palomitera, si nos acogemos al término de Patrick Routhfous, es demasiado rentable para la poca calidad que ofrece, no es muestra de una especial inteligencia o capacidad de análisis inusual. Como tampoco lo es afirmar que esto pasa en absolutamente todos los planos de la cultura. ¿Podemos decir que los best sellers en música y cine escapan habitualmente del concepto fácil, simple y rentable?. En el caso de la fantasía podemos acudir Ursula K. Le Guin,  autora de la Leyenda de Terramar. En su discurso el 19 de noviembre del 2014 en Nueva York, en agradecimiento a la Medalla por la contribución a las letras americanas otorgada por la Fundación Nacional del Libro Estadounidense, habló claro sobre este tema: “Ahora mismo, creo que necesitamos escritores que entiendan la diferencia entre producir un bien de mercado y practicar un arte. Desarrollar material escrito que encaje en estrategias comerciales para maximizar los beneficios corporativos e ingresos publicitarios no es del todo lo mismo que publicar libros con responsabilidad o ser un autor. […] Los libros, como sabéis, no son solo mercancías. El ansia de beneficio a menudo entra en conflicto con la creación artística. Vivimos en el capitalismo. Su poder parece inexorable. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Todo poder humano puede resistirse y cambiarse por seres humanos. La resistencia y el cambio muchas veces empiezan con el arte, y muy a menudo con nuestro arte, el arte de las palabras”. Queda claro pues que el colectivo de los autores de fantasía son plenamente conscientes de los problemas a los que llevan años enfrentándose.

El público juvenil y la necesidad de imaginar.

Frank Baum, autor de El maravilloso Mundo de Oz

Frank Baum, autor de El maravilloso Mundo de Oz

Todo lo anterior no implica que, desde la fantasía o la ciencia ficción, haya que renegar público juvenil e incluso infantil. Todo lo contrario: hay que cuidarlo y mimarlo. Ofrecerle buenas historias porque muchos acabarán amando la literatura gracias a esos cuentos imposibles. Si siembra la semilla de la imaginación, y se riega con cariño, esmero e ilusión, se pueden inculcar los grandes valores que nos han hecho progresar. Lyman Frank Baum, autor de El maravillsoso mundo de Oz, defendía estos géneros en las nuevas generaciones. En su ensayo La princesa perdida de Oz, de 1917, afirmaba: “Un prominente educador me dice que los cuentos de hadas son de valor incalculable en el desarrollo de la imaginación en los jóvenes. Yo lo creo.” Posteriormente ensalzaba el valor de inventar mundos con la mente: “Un niño con imaginación se convertirá en un hombre o mujer creativos, más aptos para crear, para inventar, y por lo tanto fomentar la civilización”.

Douglas Adams, autor de la Guía del Autoestopista Galáctico

Douglas Adams, autor de la Guía del Autoestopista Galáctico

Así pues, no creer que la imaginación fomenta las ideas más novedosas, es sin duda otro estigma a superar. Esto también es así porque ha habido excesos. Douglas Adams, autor de las famosas sagas de ciencia ficción La Guía del autoestopista galáctico, se preguntaba en el primer libro de su saga “¿No es suficiente ver que un jardín es hermoso sin tener que creer que hay hadas en el fondo de este?”. Es cierto que hay que saber cómo y cuándo contar las cosas. Hay que estar atento para no abrumar al lector, pero eso no quiere decir que el modo correcto sea eliminar ciertas dosis de creación. Frank Braum se mostraba claro en el mismo ensayo que hemos mencionado en el párrafo anterior: “Algunos de mis jóvenes lectores están imaginando cosas maravillosas. Eso me gusta. La imaginación ha traído a la humanidad a través de las eras más oscuras al actual estado civilizado. La imaginación dejó a Colón descubrir américa. La imaginación dejó a Franklin descubrir la electricidad. La imaginación nos ha dado la máquina de vapor, el teléfono, el coche, por todo aquello que ha sido soñado antes de convertirse en real”.

Isaac Asimov, autor de La Fundación

Isaac Asimov, autor de La Fundación

Al final, es posible que se reduzca todo a algo mucho más simple: los que no tienen imaginación desprecian a los que sí. No por mala intención sino por incomprensión. Es una acusación tan dura como triste, y puede que injusta. Es como afirmar que alguien no tiene alma, que ve la vida pasar sin apreciar la belleza de los sueños. Alex de la Iglesia, que además de director de cine es un gran aficionado a los juegos de rol y la fantasía, atacó esta actitud en una entrevista al XL Semanal en el 2009. Tal es su amor por estos géneros literarios –recordemos que escribió el prólogo para Festín de Cuervos, la cuarta novela de Canción de Fuego y Hielo-, que el cineasta  cargó contra aquellos que usan la palabra friki como insulto. Afirmó: “Supone una falta de respeto. Lo usan quienes no entienden el delicioso mundo de la ciencia ficción, de la fantasía heroica o, sencillamente el de la ilusión o la emoción. Yo respeto mucho a la gente que se emociona con algo. De hecho, me parece lo más digno y noble que puede hacer alguien. Con su familia, con Star Trek, con una colección de cromos… No soporto la gente que no se emociona con nada y que mira las cosas con distancia, que se ríe de los que se ilusiona jugando con algo”. Esta respuesta es sencilla y directa, fácil de entender por todos aquellos que lanzan las críticas o desprecian en silencio. Y, por desgracia, no termina con el problema sino todo lo contrario: nos muestra que va a estar ahí siempre.

No lo olvidemos, la fantasía y la ciencia ficción son géneros malditos pues siempre serán objeto del mismo debate. Los que empuñan las armas del menosprecio no sabrán apreciarlos y, los que se han emocionado en esos mundos irreales, han aprendido la lección de que tienen que defender lo que es suyo, aunque en su interior sientan lástima por su oponente. Como afirmó Terry Pratchett: “La imaginación, no la inteligencia, es lo que nos hace humanos”.

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