Opinión

Siempre hay personas a las que admirar

¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración”. Así definía al ser humano Victor Frankl en su libro “El hombre en busca del sentido”. Las experiencias del autor en un campo de concentración le dejaron ver lo mejor y lo peor de nosotros. Hoy, un tanto más profundo de lo habitual, quiero reflexionar sobre nuestra infinita capacidad para hacer el bien y, desgraciadamente, lo contrario.

August Landmesser, a contracorriente.

August Landmesser, a contracorriente.

Suelo quejarme del mundo en el que vivo. De mi país, de mis vecinos, de la sociedad que me rodea y de la cual yo formo parte… Pero me gustaría pensar que no lo hago por desidia, amargura o desesperación, sino porque realmente deseo algo mejor. No me gusta que parezca que se hayan olvidado valores como el honor, la fidelidad y la integridad. Tampoco me agrada que hablar de ellos sea motivo de burla, de pedantería o de superioridad moral. Creo que debería ser lo normal. Por eso me quejo, porque es noticia Peter Angelina, un vendedor callejero inmigrante que encontró miles de euros y los devolvió a su legítimo dueño. ¿La honradez es noticia? Da que pensar teniendo en cuenta que en primero de periodismo se aprende que lo extravagante y lo insólito son hechos noticiosos.

La manida frase del pensador irlandés Edmun Burke es cierta: “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”. Sencillo y verdadero. Directo, como un disparo al corazón de los que siempre nos creemos buenas personas. Y lo peor de esto es que lleva pasando desde que el hombre es hombre. Como decía Dostoevsky “Dios y el demonio luchan una guerra en el corazón de cada hombre”. Es, para mí, un resumen acertado de lo que es la historia de la humanidad: los que eligen hacer lo correcto, lo bueno, lo honorable y lo valiente, y los que no.

A todos nos gusta posicionarnos en el lado de la luz. Nos creemos buenos sí, pero tenemos una capacidad enorme para hacer el mal. El pensador francés Joseph de Maistre resumió esta sensación en una elegante frase: “No sé cómo es el corazón de un criminal, pero he visto el de un hombre honesto y me he asustado”. Porque todos tenemos oscuridad en nuestro interior. Una lucha interior que tenemos que librar día a día, y que sólo ganando podemos hacer de este mundo un sitio mejor cuando lo dejemos. A raíz de eso recuerdo la rima XLVII del romántico Gustavo Adolfo Béquer, que reza:

Mas ¡ay!, de un corazón llegué al abismo

y me incliné un momento,

y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡Tan hondo era y tan negro!

¿Y a dónde voy con todo esto? Quiero decir que sí, que el mundo está muy mal, que hay capítulos negros la historia universal y la nuestra propia, que los agoreros y cenizos que predican una edad de perdición en parte tienen razón… pero siempre hay ejemplos para no perder la esperanza. Todos tenemos la capacidad de hacer el mal, pero no nos olvidemos que también de hacer el bien. Incluso cuando no se espera que así sea. Podría hablar de ejemplos simples, del día a día, repetitivos, de los que se mencionan una y otra vez en las noticias como “héroe anónimo” para que todos nos sintamos especiales: que si el que se atreve a decir en clase que no lo entiende, que si el becario que no acepta prácticas gratis, que si el profesor que cobra poco y se deja el alma en cada clase, que si la mujer que no acepta formar parte de un mundo publicitario que la deja como un objeto, que si el que respeta las normas de tráfico, etc. Todo eso es cierto, y hay algo de justo en reconocer la bondad de hacer lo que debería ser normal cuando esto mismo ya no es lo cotidiano. Pero la palabra héroe se usa demasiado a la ligera. Es una herramienta publicitaria de satisfacción generalizada y creo, realmente lo creo, que debería estar reservada a unos cuantos que no caen en esa vieja engañifa de que son personas normales en circunstancias especiales. No. Son especiales. Únicos. ¿Si no, por qué ellos se quedan y el resto huyen?

La tumba de Oskar Schindler, en Jerusalén.

La tumba de Oskar Schindler, en Jerusalén.

Admiro a los que arriesgan su vida por los demás. Admiro a Ángel San Briz, el Ángel de Budapest, el diplomático español que rescató a 5.000 niños judíos. Admiro a Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia por el mismo motivo. Admiro al diplomático salvadoreño Arturo Castellanos, que también expuso su pellejo para salvar a niños de las garras nazis, como también lo hizo el diplomático japonés Chiune Sugihara. Casi todos países tienen varios Oskar Schindler. Incluido Alemania. Como el general nazi Albert Battel, que entró a punta de cañón en un gueto polaco a liberar judíos. Entre los seis hombres mencionados en este párrafo suman más de 50.000 personas las rescatadas.

Admiro a los periodistas valientes. A finales, en los noventa, hubo compañeros de profesión que denunciaron el narcotráfico. Como Veronica Guerin en Irlanda o Diana Turbay en Colombia. Ambas amenazadas de muerte y siguieron adelante. Y fueron asesinadas. Anna Politkóvskaya, en Rusia, apareció muerta el día de su cumpleaños en el 2006 tras denunciar los excesos del gobierno de su país. Supongo que pensaban “alguien tendría que hacerlo” y sabían lo que implicaba. Antonio Salas, autor de Diario de un Skin, no llegó a morir pero estuvo a un día de que una banda de neonazis, donde él estuvo infiltrado, acabase con él. Pero denunció cómo cientos de jóvenes, perdidos e ignorantes, acababan en las tóxicas redes de los ultras del fútbol.

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Admiro a los que han luchado contra las expectativas racistas con las que crecieron. Pensemos en Rosa Parks, que se negó a ceder su asiento en un autobús porque una negra tenía tanto derecho al mismo como un blanco. Admiro a Malcom X, Luther King. Admiro a los que abanderan esa causa como suya. Los ejemplos aquí citados no sólo eran víctimas del racismo, eran valientes. Como la chica negra sueca que, en el 2015, se enfrentaba a la manifestación ultraderechista en su país. Los admiro porque yo sé que esa batalla en realidad también va conmigo y no sé si tendría el valor de hacer algo así.

Tess Asplund frente a los nazis suecos en el 2015

Tess Asplund frente a los nazis suecos en el 2015

Admiro a los que, pudiendo dejar a los suyos a cambio de dinero y buena posición se quedan con los oprimidos. ¿Sabes qué sobrenombre reciben los leones del Parlamento de los diputados? Daoiz y Velarde, dos capitanes que, hartos de que los generales permitiesen que las tropas napoleónicas abusasen del pueblo, se unieron a la revolución antifrancesa. Como los primeros reclutas barceloneses que lanzaron medallas al mar en 1909, porque no querían recibir un uniforme para luchar en Marruecos una guerra que no era suya, dando comienzo así a la Semana Trágica de Barcelona.

Admiro a las mujeres valientes. No sólo por su valentía sino porque incluso ahora hay hombres que no esperan que puedan serlo. Como las que lucharon contra Napoleón. Como Manuela Malasaña, Clara del Rey o Agustina de Aragón. Como las mujeres sufragistas británicas que exigían que  se les reconociese el derecho al voto. No que se les diese sino que se les reconociese, porque ya nacieron con ese derecho. Como Angela Davids, una de las voces más críticas contra el machismo en Estados Unidos.

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Admiro a los que, a riesgo de su vida, deciden reafirmarse en sus ideas cuando todo el mundo alrededor, por miedo, se callan. Como Melchor Rodríguez, el Angel Rojo, el funcionario de prisiones anarquista que, durante la Guerra Civil española, defendió a más de mil presos del otro bando porque estaba en contra de la pena de muerte y una turba de exaltados quería fusilar a los reos. “Por las ideas se muere pero no se mata”, afirmó. Tenemos otro caso en nuestra historia de España, Diego de León, que quiso frenar la locura de un Rey déspota que finalmente le mandó fusilar. Era tal el respeto de sus soldados por él que ninguno quiso dar la orden de disparar y lo tuvo que hacer él. Como la universitaria Sophie Scholl y su hermano Hans, que dirigían el movimiento de Resistencia Rosa Blanca contra el nazismo y fueron guillotinados por ello. Ahora sus nombres están escritos en el Walhalla alemán. O como los fusilados tras el Partido de la Muerte en 1941. Prisioneros ucranianos que se negaron a perder en una competición de fútbol contra los nazis y pagaron el precio por ello.

Melchor Rodríguez, campechano pero héroe

Melchor Rodríguez, campechano pero héroe

Admiro el altruismo de los que tienen mucho, como Jonas Salk, que decidió no hacer negocio con la vacuna de la polio. O como el misionero Miguel Pajares, que dejó todo para cuidar de niños en pueblos pobres de África y pese al ébola no se rindió hasta su último aliento.

Admiro a los que vuelven al camino de lo correcto. Como los etarras que, sin necesidad de pedir perdón una vez cumplida su condena, voluntariamente manifiestan entre lágrimas su arrepentimiento. Como algunos de los miembros pertenecientes a la terrible Yakuza, que destinaron miles dólares de sus ingresos a alimentar a los afectados por el desastre de Fukushima y los maremotos en Japón en el en 2011.

Admiro a los que no se venden, como Jason Newsted, que dejó Metallica en lo más alto de su carrera con la posibilidad de ingresar millones de dólares pero que no le gustaba lo que hacía. Como Francisco Verdú, uno de los gestores públicos de Bankia, que no aceptó usar las tarjetas black para gastar el dinero público en sus caprichos personales. Ahora sale en las noticias con el apodo de “el hombre honrado”.

Admiro a los que, como Alan Turing, sufren el desprecio de los que le rodean por su condición sexual pero, sin embargo, luchan por salvar a esos mismos que se ríen de él. Él descifró la poderosa máquina Enigma e inclinó la balanza de la Segunda Guerra Mundial hacia el lado de los aliados. Como Harvey Milk, el político americano que, siendo abiertamente homosexual, obtuvo un puesto en la Junta de Supervisores de San Francisco jurando hacer lo mejor para sus conciudadanos. Y fue asesinado por eso.

Admiro a los que defienden la cultura, no como arma política sino como instrumento de crecimiento personal y universal. Como Unamuno cuando improvisó este genial razonamiento ante los gritos de “Muera la intelectualidad traidora” del militar Millan Astray en el momento en el que éste irrumpió en la Universidad de Salamanca: “Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

La estatua de Eloy Gonzalo en la plaza del Cascorro en Madrid.

La estatua de Eloy Gonzalo en la plaza del Cascorro en Madrid.

Admiro a los que mueren por sus ideas, como August Landmesser, que se negó a hacer el saludo nazi y nunca más se supo de él. Como el soldado francés Lucien Bersot que, durante la Primera Guerra Mundial, se negó a vestirse con la ropa de cadáveres saqueados y fue fusilado por ello. O como el héroe español Eloy Gonzalo, que en la Guerra de Cuba fue el único voluntario que se ofreció a acercarse al fuerte enemigo con la intención de prenderle fuego. No tenía familia y veía injusto que otros de su compañía, con padres, hermanos o hijos, realizasen esa misión suicida. La única condición que puso era que, cuando corriese a su destino llevase una cuerda atada a la cintura y así, cuando muriese, pudiesen recuperar su cadáver tirando de la soga y tener una sepultura digna. Y un último ejemplo. En el 2015, un japonés llamado Kenji Goto decidió ser voluntario en la convulsa Siria, ayudando a refugiados y regalando su tiempo a esa causa. Pero, desgraciadamente, fue secuestrado y degollado por el ISIS. Tal fue su triste suerte. Pero nos dejó un mensaje en su twitter en el 2010: “Cierro mis ojos y espero. Si grito o enloquezco será el fin. El odio no es para los humanos. El juicio le corresponde a Dios. Es lo que he aprendido de mis hermanos y hermanas árabes”.

Kenji Goto: "El odio no es para humanos".

Kenji Goto: “El odio no es para humanos”.

Creo que yo no podría hacer nada así. Nunca me he visto en una situación arriesgada en la que me he puesto a prueba pero realmente dudo de lo que yo sería capaz de hacer llegado el momento. Son personas únicas e irrepetibles porque se han enfrentado a problemas inusuales con valentía inusual. No sé dónde leí que de todas las ovejas la negra es la más importante. Así lo creo, es la que nos recuerda que las cosas pueden ser diferentes y que lo normal no tiene porque ser eso, normal.

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