Política y actualidad/Reportajes

De Siria a Alemania: la infernal travesía que ha de superar un refugiado

Mazen no ha tenido una vida fácil: es sirio, exiliado y homosexual. Con 22 años ha visto como la guerra convertía en polvo su ciudad natal y, tras ver morir a varios de los suyos, decidió huir a Alemania. De Alepo a Aquisgrán, de un país conservador a una nación moderna, de una cultura tradicional a otra progresista acorde con sus ideas. Esta es su historia.

Hemos cambiado su nombre ya tiene miedo de que su familia en Alepo acabe leyendo este texto de alguna manera, pero la historia de su travesía es verídica. Su camino, que ha estado plagado de innumerables dificultades, es el mismo que ha recorrido cualquiera del más de medio millón de exiliados sirios que ahora viven en Alemania, país donde ahora mismo no se habla de otra cosa que no sea la crisis de refugiados. Los medios resaltan el incremento de población, el coste económico y la crisis de confianza en su gobierno, pero a veces parecen olvidar que detrás de cada número hay una persona con unas vivencias dignas de ser relatadas.

La vida en una Siria en guerra

Mazen nació en Alepo, ciudad donde vivió y comenzó a estudiar una carrera en una de las universidades públicas locales. Ahí, en el año 2011, formó parte la Primavera Árabe participando junto con otros muchos estudiantes en las manifestaciones que exigían un gobierno democrático en el que pudieran votar. La respuesta que recibieron es conocida por todos: Al Assad mandó a la policía que disparase contra los manifestantes. Y no, no con pelotas de goma. Eran balas de verdad. Poco después el dictador amenazó con bombardear las localidades que se uniesen a las protestas. Meses más tarde, como sabemos, el país entero estaba sumido en la guerra más cruel de lo que llevamos de siglo.

Alepo en la actualidad (google)

Alepo en la actualidad (google)

Alepo se convirtió pronto en un frente de batalla. Se trata de una ciudad estratégica y cualquiera de los bandos que la tuviese en su haber ganaría una gran ventaja táctica. Los bombardeos comenzaron y, en cuanto un mortero derribó el tejado de su casa, Mazen y su familia abandonaron su hogar. Aún recuerda ese momento: el silbido de la bomba que interrumpió sus estudios, el grito para advertir a los suyos que se tirasen al suelo y, finalmente, la explosión. Se trasladaron a casa de unos vecinos en un barrio más resguardado, dónde convivieron todos juntos durante tres largos años. Cada familia en una habitación de la casa, y dónde aún hoy su familia sigue. Los detalles de aquellos días son tan terribles como gráficos para entender la crudeza de la guerra: no tenían agua y la única opción era comprarla al mismo precio que el oro; en los exámenes –él seguía yendo a las clases- les amenazaban con suspenderles si se iban del aula aunque cayesen bombas cerca, algunos días tenía que estudiar tumbado en el suelo y tapándose la cabeza… Mazen recuerda con amargura una ocasión en la que, estando en un aula, una bomba calló en el edificio de al lado y, mientras los operativos trabajaban para rescatar a los supervivientes, sus profesores les gritaban que no debían distraerse.

Le pregunté sobre la posibilidad de acostumbrarse a eso. Me contestó que no rotundamente. “Vives día tras día con la sensación de angustia y ansiedad” –añadió. Mazen iba a clase como si hubiese recibido en el pecho una de esas miles de balas perdidas y no pudiese respirar. Él está convencido de que nadie puede habituarse a una vida así, a ver a menudo cómo muchos de tus compañeros mueren. O cómo tú mismo te has visto en demasiadas ocasiones al borde de muerte.

Alepo, tras cinco años de guerra.

Alepo, tras cinco años de guerra.

Mazen decidió huir cuando la fuente de ingresos de su familia, su padre, perdió su lugar de trabajo. Sí, perdió su lugar de trabajo, no su puesto. La fábrica en la que estaba contratado fue bombardeada y no fue capaz de encontrar nada para traer comida a casa. Sobrevivieron gracias a las ayudas que le enviaba su hermano desde Abu Dabi. Su tío, desde Estados Unidos, también aportó algo de dinero. Pero ese apoyo no era suficiente, así que decidieron salir de allí. Sólo su padre se atrevió a acompañarle en la huida aunque en otra dirección: hacia Emiratos Árabes.

De Siria a Grecia

Gracias al dinero de su tío, Mazen se aventuró a un viaje en solitario en el que dejaba atrás a su familia. Llevó consigo el dinero exacto para la travesía, pues ya era de dominio común cuánto costaba huir. Debía llegar a Turquía y pagar a las mafias alrededor de 1000 dólares para pasar a Grecia, aparte de un extra para trenes y autobuses. Luego el viaje se complicaría. Las fronteras europeas no son tan sencillas para quien no tiene el pasaporte comunitario. Tras veinte días de viaje agotadores en los que dormía sólo dos horas diarias lo logró.

Barco de la mafia turca llevando a refugiados

Barco de la mafia turca llevando a refugiados

El primer paso era llegar a Turquía. Pese a vivir en un país vecino no es tan sencillo el traslado pues está prohibido cruzar directamente la frontera. Pero Mazen lo logró a través de una de las rutas que ya se conocen todos los refugiados. Esperó durante varias noches a uno de los autobuses, que cree que son cada vez menos para limitar la llegada masiva de refugiados. El paso de los días se hizo especialmente lento pues era invierno y a veces llovía. Además, por si fuera poco, tan sólo tenía una chaqueta con la que protegerse. Pese a estar en esa situación Mazen recuerda que todos mantuvieron el civismo y la compostura esperando pacientemente su turno, algo que no percibe en algunas de las ciudades europeas por las que ha pasado. Una vez en la costa compró un ticket para cruzar a Grecia. Se trataba de un barco lleno de hombres armados que los hacinaban en grupos de sesenta. Lo arrojaron encima de una mujer y, sobre él, a su vez, empujaron a otro hombre. Cuenta que vivió diez minutos de auténtica agonía en los que ya no podía llegar expandir sus pulmones. Ahí, recuerda, asumió que iba a morir. Aceptó su destino y sus ojos se cerraron.

Sin embargo más tarde se despertó gracias a un desconocido que le reanimó mientras le gritaba que ya estaban en Grecia. ¡En suelo Europeo! Mazen reconoce que se sintió renovado, como si hubiese vuelto a nacer. Tenía una segunda oportunidad que no iba a desaprovechar pues a partir de ahí todo sería más sencillo. Europa sigue proyectando una imagen de prosperidad, y eso alimentó  su esperanza. Cuando le pregunté por la mujer que tenía debajo de él Mazen afirmó con sonrisa amarga “yo tuve suerte. Nadie murió en ese trayecto”.

De Grecia a Macedonia

Rápidamente se dio cuenta de que sus penurias estaban lejos de acabar. Trajeron un autobús para llevar a algunos a Mitilini, en Lesbos, una de las Islas Griegas más cercanas a Turquía. Sin embargo sólo se llevarían a niños e inválidos, ya que la policía prohibía otra cosa. Suponemos que porque la sanidad europea cubre únicamente a los enfermos extranjeros con necesidades urgentes. Mazen, aún así, intentó subir ya que tras la reanimación había perdido la sensibilidad de la pierna derecha, cojeaba y su piel había cambiado en la extremidad a un tono cianótico, como el azul de un moratón. Sin embargo no se lo permitieron. Le dijeron “tú eres un hombre. Tú puedes caminar”.

Llegada de refugiados a la costa de Mitilini

Llegada de refugiados a la costa de Mitilini

Cuando finalmente recuperó la sensibilidad en su malherida pierna inició la caminata de sesenta kilómetros que le separaba del campamento al que tenía que acudir. Sesenta  kilómetros bajo un sol abrasador de oriente y con nada más que lo que le cabía en los bolsillos. Pese a eso Mazen admite que tuvo suerte. No hubo presencia de ninguna organización gubernamental, ni policía, ni servicios sociales, pero muchos griegos de la zona les llevaron agua y fruta para que pudieran seguir su viaje. Durmió a la intemperie y, finalmente, llegó lleno de quemaduras al día siguiente a su destino. Sin descanso, cogió un barco por cuarenta euros que le llevó a Atenas, donde se dio el enorme lujo de pasar la noche en un hotel.

Al día siguiente cogió un autobús y continuó con su viaje hasta la frontera de Macedonia, dónde tuvieron que esperar en un frío bosque durante once horas con lluvia incesante. Su objetivo era poder coger un tren que les costaba veinticinco euros. Mazen enfermó ahí. Los árboles no le habían evitado calarse hasta los huesos y se resfrió profundamente. Reconoce con vergüenza que tuvo que defecar en el suelo del tren, rodeado de gente.

De Serbia a Alemania

Una vez en Serbia cogió un taxi que le llevo hasta una gasolinera con la promesa de que allí encontraría el siguiente autobús. No recuerda exactamente dónde es pero sí que esperó unas doce horas mientras unos y otros no paraban de decirle “wait, wait”. (Espera, espera). No logró dormir. Hacía cero grados y no tenía techo ni saco de dormir, y ni siquiera una esterilla para protegerse del frío suelo. Sólo su chaqueta. Mazen admitió que tiene la sensación de que reducen y retrasan los autobuses para minar su esperanza. Finalmente, pese a todo, llegó a Croacia. Ahí una organización de la cual no recuerda el nombre –cree que es algo en alemán- les dio algo de comida y ropa, y les metieron en un tren gratuito hasta la frontera con Hungría, donde les esperaban soldados armados. Ahí, con gritos y amenazas les metieron por la fuerza en otro tren. A esas alturas todos ya había escuchado alguna historia turbia con respecto a cómo trataban en ese país a los refugiados. Temían por sus vidas. (Seguramente se refería al caso de la reportera húngara que pateó a un refugiado)

Mazen y otros regugiados esperan al autobús durante horas

Mazen tomó una foto de los refugiados esperando el autobús durante horas

De ese trayecto en tren recuerda especialmente el llanto continuo de niños hambrientos. Mazen reconoció que, a pesar de su hambre, decidió darles su comida. Fue un viaje lento y tedioso. No sabían dónde estaban ni a dónde se dirigían. Él encendía continuamente su GPS para intentar localizarse. No sabe cuánto tiempo estuvieron ahí metidos pero sí que logró ver cómo su Smartphone indicaba que se dirigían hacia Austria. Dio la buena noticia a sus desanimados acompañantes, sin embargo eso no evitó que aflorasen tensiones con los refugiados afganos que se resolvieron con peleas. Una vez cruzada la frontera llegaron a un campamento de la Cruz Roja dónde les atendieron y les dieron de comer. A partir de ahí todo fue mucho más sencillo, aunque no se libró de pasar la noche en el suelo de la estación de tren. De Viena viajó hasta Alemania. Mazen reavivó su llegada a Alemania como la culminación de todos sus esfuerzos. Para ilustrar su travesía me enseñó, como si se tratase de un secreto, un vídeo que grabó cuando cruzó la frontera sobre Danubio.

Río Danubio, fotogragía realizada por Mazen.

Río Danubio, fotogragía realizada por Mazen.

El incierto futuro

Mazen piensa ahora en retomar sus estudios y en trabajar para poder mandar dinero a su familia. Quiere que puedan salir de la casa donde están e instalarse en la suya propia. Quizás tras un recurrido igual de infernal. Además admite que quiere quedarse en Alemania, ya que ahí puede vivir su sexualidad libremente. No quiere sentir constantemente el miedo a las represalias que cualquiera de los bandos que han llevado la guerra a Siria ejercería contra él.

Ésta es su historia, pero cómo él hay miles de refugiados que sueñan con una oportunidad de tener otra vida. Hoy, miles de ellos, esperan a las fronteras de una Europa que negocia si no sería mejor pagar a alguien para que se los lleve. La Unión Europea, que se forjó bajo un ideal comunitario con la intención de no repetir los actos inhumanos del pasado, es actualmente incapaz de evitar que miles de personas pasen noches bajo el frío y la lluvia. Ahora mismo hay refugiados calados hasta los huesos, bebés siendo bañados en charcos, ancianos que no pueden salir de sus tiendas porque sus bastones se hunden en el barro, enfermedades propagándose entre los campamentos… ¿Se despertará la conciencia de nuestra clase acomodada? ¿Sabrán los políticos enfrentarse a este desafio? Chicos como Mazen ya han perdido todo, ahora sólo quieren prosperar.

El camino que recorrió Mazen en 20 días

El camino que recorrió Mazen en 20 días

Texto: Álvaro Oñate Calvín
Revisión y maquetación: Miguel de Martín Pazat de Lys.

Este texto ha sido escrito por Álvaro, un buen amigo que ha estado trabajando como enfermero en Aquisgrán, Alemania. Ahí conoció a Mazen y se interesó por su historia. Yo tan sólo he ayudado un poco a la hora de maquetar y corregir algunas erratas. Es para mí un orgullo haber podido participar en este reportaje que creo que logra acercarnos a una de las realidades más dramáticas de nuestro tiempo. La intención del autor, que sé bien que es sincera y genuina, es dar a conocer las barbaridades de la guerra y el infierno por el que pasan los refugiados.

También disponemos del texto en inglés, por si algún interesado quiere darle difusión (algo que agradeceríamos). Con poner un comentario es suficiente para organizarnos y mandar una copia.

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